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Nuestras Conversaciones, el blog de Gonzalo Prieto

METROPOLÍTICO Avísame cuando me mates de nuevo

Me han enviado este artículo públicado en la Nación el día 5 de enero. La verdad es que me ha llamado profundamente la atención la lucidez con la cual se escribe y comparto en su mayoría el sentido de lo que este autor que por el momento desconozco expresa en estas líneas que ofrezco a continuación.

 

Por Víctor Maldonado

LOS QUE TOMEN la decisión de romper con sus partidos, tendrán que demostrar ahora que pueden construir otro, que son capaces de convocar a acciones colectivas y que lo que intenten puede permanecer en el tiempo. No creo que estén en condiciones de ser tan efectivos en la generación de un liderazgo de recambio como en la labor de erosión emprendida hasta ahora. Lo que hoy se nos presenta como cruzada cívica de regeneración política, terminará de socio menor de la próxima candidatura opositora. No por un asunto de intenciones, sino por problemas de espacio.

Conste que no lo digo porque desconozca los méritos personales de los involucrados, sus capacidades políticas e, incluso, el relevante grado de verdad de sus declaraciones, dadas a conocer tan profusamente. Lo digo porque creo que han iniciado su análisis de un diagnóstico político errado: la creencia de que al gatillar la crisis se está dejando sin sustancia al conglomerado político al que pertenecen, y también porque evalúan mal las potencialidades de su propia acción, sobredimensionándola.

Partamos con el reconocimiento de los puntos positivos de la apuesta que hoy se está insinuando. Antes que todo, hay que aceptar que es por completo cierto que los partidos -como los conocemos- necesitan una renovación de sus prácticas y conductas. Hace tiempo y ello ha tardado peligrosamente en producirse. Unas pocas personas pueden poner en jaque a una organización sólo cuando ha desaprovechado en exceso el amplio lapso disponible para reciclarse y ponerse al día.

Invertir tiempo en regenerarse no ha sido una prioridad. Las tareas gubernamentales, los desafíos electorales y hasta el lucimiento personal han tenido más importancia que el fortalecimiento de los partidos. Si alguna vez se intentó, se hizo mal y de modo parcial. Como resultado, a estas alturas quien critique a los partidos por cómo funcionan en la práctica y por cómo se han financiado, tiene audiencia y aplausos asegurados. Enseguida, es bastante obvio que si los gobiernos de la Concertación han trabajado en el ámbito de la transparencia, el financiamiento público de los partidos y han disminuido tan drásticamente los gastos reservados, es porque en cada ámbito se identificaron zonas de riesgo para el funcionamiento de un sistema democrático. Nadie se dedica tanto a estas cosas sólo porque sí.

Hoy, tras los avances conseguidos, contamos con todo tipo de información al alcance del que quiera. Se está en presencia de un Estado que se profesionaliza con rapidez, y, todavía más importante, disponemos de una conciencia pública muchísimo más refinada de la que teníamos como país hace no mucho. Nos pueden llegar a parecer increíbles los grados de discrecionalidad que podía tener un gobierno en los primeros años de la transición. Nadie puede pretender hoy una vuelta atrás. Ni lo desea, ni parece sano, ni podría, aunque quisiera.

Mirada en perspectiva y hacia el futuro, vamos hacia un mejor y más amplio control de lo que se puede hacer lícitamente desde el Estado y la política. Al revés, es también cierto que visto en retrospectiva, mientras más miremos más defectos, debilidades y peligros podemos apreciar desde una privilegiada posición actual. Así es que criticar a los partidos, a partir de sus debilidades y miserias, no requiere una capacidad política muy sobresaliente. Para impactar, lo único que se requiere es disponer de un grado increíble de desaprensión sobre los efectos de la combinación de hechos sabidos, prevenciones más o menos fundadas, suposiciones de intenciones y una cierta capacidad para la intriga. Pero, de nuevo, las denuncias -graduadas y manejadas para sacarles el mayor provecho- que provienen desde dentro tienen auditorio y aclamaciones más que fervientes. Porque no son pocos los que se benefician.

Por si fuera poco, es efectivo que los actuales conglomerados de centroizquierda y derecha no existen por decreto divino. Son obras humanas afectadas por la contingencia. Más aún, si en algún momento se produce un quiebre del alineamiento, éste se originará desde el centro, línea fronteriza entre ambas agrupaciones. Esto no es tan antiguo como el hilo negro, pero casi. De hecho, se ha estado intentando, sin suerte, hace mucho. Quienes buscan rebarajar el naipe, lo que desean no es propiamente pasarse para el otro lado, sino que desde ambos se pasen hacia donde están ellos. Por eso, intentos de estas características nunca han sido aptos para personas excesivamente modestas. Aunque hay que agregar que de este defecto nunca han sido acusados quienes ahora se han embarcado en intentar esta apuesta política.

Dejando aparte a los protagonistas de los últimos episodios, cabe considerar que quienes más rápidamente han dado por muerto al PPD y en proceso de disgregarse a la Concertación son personas que no tienen la experiencia directa de la militancia política. Pero los partidos son más fuertes de lo que parecen, porque no se circunscriben a lo que muestran ante las cámaras. Tienen muchos servidores públicos, capacidad humana y profesional. Sólo que no han aflorado hasta ahora. Ahora le ha llegado a estas personas su momento. Les ha llegado un momento colectivo de aparición. El destino del PPD no está en lo que ocurra con su desgastada primera línea, sino con sus líderes de recambio, sus mujeres y sus jóvenes. Puede que descubra una riqueza humana que ni se veía ni interesaba a la cúpula, pero está ahí.

En el mejor de los sentidos, hay que considerar a gran parte de la dirigencia actual como interina. No tiene nada que ver con la legitimidad con la que ejercen sus cargos, sino con que se han convertido en embajadores en el presente de un pasado inmediato que gira hacia los libros de historia, pero se despega de la vida cotidiana. En realidad, se ha despegado hace mucho y ahora todos cobramos súbita conciencia de que es así.

Nadie que no pueda decir y mostrar con transparencia lo que ha hecho en política en los últimos años tiene cabida entre los líderes de los años que vienen. La renovación de la dirigencia tendrá un salto rápido y decisivo. La caída de una capa dirigencial no es el término de la dirigencia, sino el fin de los que han llegado a ser inadaptados producto de la misma sociedad que han ayudado a cambiar.

En medio de peleas y sinsabores, pocos lo recuerdan, pero los partidos nacen y se mantienen por la generosidad básica de miles de personas. Nada sólido nace del puro cálculo, la deslealtad o la suma de intereses. Por eso, el que quiera que su partido sobreviva, que apele a lo mejor que tiene. Al PPD le ocurre lo mismo que a la Concertación: puede perderlo casi todo -incluso figuras emblemáticas- y regenerarse. Puede cambiar hasta el nombre, pero si no pierde su razón de ser, lo que representa seguirá existiendo en política.

Nadie sale indemne de un intento de asesinato. Pero los partidos no mueren a manos de sicarios, sino por suicidio o abandono interno. Todo depende de la capacidad de reaccionar de abajo hacia arriba. De allí viene la fuerza. No hay que asustarse. A los partidos siempre los quieren matar (a los candidatos presidenciales también). Después se acostumbran. Al final, lo único que piden, por deferencia, es que se les avise cuando los quieran matar de nuevo.

 

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