Mis primeros sesenta y cinco días en Madrid

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España, Madrid, Febrero 5 de 2007.

 

Hace trescientos sesenta y cinco días estaba lleno de emociones y cosas en la cabeza que no me permitían medir con claridad el paso gigantesco que estaba dando. Había llegado temprano por la mañana a Santiago y tuve palabras para mi tío Miguel, quién me animaba en mi aventura a iniciarse tan sólo en un día.

 

Mi teléfono en ese entonces aún tenía pendiente algunas tareas, los amigos, la familia y mi pareja. Ella era la que me esperaba del otro lado, de este lado, sin tampoco imaginar lo que allí ocurriría.

 

La última noche, bailando en el barrio Bellavista con mi tío primo Aníbal, el último carrete, sin medir, sin ser capaz realmente y sólo construyendo un discurso acomodado e indefenso de toda experiencia. Estaba ya apunto de tomar ese avión y salir de mi país, salir de Chile.

 

Por la mañana temprano salí con mi maleta, acompañado de mi tío – primo. A no más de treinta metros de la puerta de la casa, la maleta se quebró y arrastras llegue con ella al aeropuerto. Sólo quedaban despedidas telefónicas y el recuerdo de una despedida donde yo no llevaba maleta, pero era portador de un beso y promesas de amor. Mi sueño, mi travesía empezaba allí, se comenzaba a concretar en el mismo instante en que el avión despegará dejando todo detrás, familia, amigos, experiencias, esas pocas que me han dado el valor de llegar hasta aquí.

 

Como he repetido ya, todo esto no era suficiente para entender a lo que realmente me enfrentaría después, que a pesar de estar ya en camino, volando desde Chile a España, no merecía en mi cabeza el peso de lo que significaba realmente mi viaje. Fue entonces cuando llegué a 0 grados a un país que en principio parecía el mismo. El abrazo de un Ariqueño del cual estoy eternamente agradecido no sólo por su buena voluntad sino que por su cariño y guía en esta travesía hermosa e importante, me recibió. (Gracias Víctor León Ossadón y Barabará Araneda Olea)

 

Ese día mi primera experiencia Internacional y hoy esos primeros amigos con quién compartir tantas cosas. Un grupo fantástico de gente buena que me confirma mi idea en que mi mayor don ha sido saber escoger a mis amigos y amigas. En una cena como un teatro donde hablaba sin saber de mi estadía, de mis supuestas proyecciones que se daban contra el suelo en menos de quince días.

 

De los tradicionales saludos y mensajes a casa y los amigos de que ya estaba bien, de que todo iba fenomenal, los primeros desafíos eran domésticos, pero no por ello menos importantes para aprender a vivir en un país que no es el tuyo y donde seguramente los primeros meses sabes y sabrás con certeza que estas solo. Así organice todo en la Universidad, que me daba la bienvenida con un millón de cosas que hacer y conversaciones por completar, entraba a clases en 15 días y debía por tanto tener todo listo para ese día. Conseguí  departamento o piso como se llama aquí, un cuarto pequeño acompañado por una persona estupenda de voz ronca y sonrisa de artista y para completar la nueva familia un gato que por nombre tiene el quinto mes del año. ¿Lo pillan?, ¿no?, se llama Mayo.

 

Con todo esto una ilusión fuerte, la llegada, el encuentro que me comía la cabeza y el cuerpo, que me impacientaba enormemente, con lo cual no sólo soñaba ese entonces, sino toda mi vida. La primera noche en este cuarto desde el cual les escribo ahora, que en ese momento era frío y carecía de toda identidad, de todo simbolismo que lo vinculará conmigo, pero en el que hoy nadie dudará que sea el mío, a la derecha el pañolin celeste con blanco y a la izquierda la medalla de un amigo. Esa noche fue de mucha impaciencia, de saber que al otro día, solo en veinticuatros horas más ese pequeño colchón compartiría conmigo los momentos más felices, pero no sabía también que los más tristes. Esos que a pesar de todo y sin animó de quejarse me acompañan antes de cerrar los ojos hasta el otro día.

 

Pues bien, llegó el gran día, el día en que se cumplían mis veinticuatro años, el día en que mi teléfono sonó con llamadas de felicitaciones, pero mi cabeza estaba en otra parte, me temblaba el cuerpo y me daba vueltas la cabeza de la impaciencia e ilusión de verla. Me dirigí al aeropuerto de Barajas y espere durante más de una hora que apareciera ella con una melena negra preciosa, una cintura escondida en una chaqueta de invierno y unas caderas que todavía tenían la sintonía para conectar con mis instintos. Todo fue raro y la verdad no como esperaba, no como aquella vez en mi oficina en donde apareció sorpresiva y me asalto con un beso de amor.

 

Llegamos a mi casa y todo era maravilloso, la noche fue larga, dulce llena de tantas cosas bellas, pero la semana poco a poco fue tornándose gris, compleja hasta el punto en que todo termino en una noche, donde tan sorpresivamente como aquel beso en Iquique, me decían adiós.

 

Ese fue el cable a tierra o mejor dicho, el golpe contra el suelo, la primera de muchas cosas que pasaron en estos trescientos sesenta y cinco días. Con todo yo día a día iba buscando excusas e inventado palabras para explicarme a mí mismo todo lo que había sucedido.

 

El veinte de febrero entre a clases, la primera no me fue compleja  pero si rara, como nuevo era todo tan raro, comencé a comprender que ya no era el centro de mi propio mundo, que era pequeño, pequeñito y que ya no podía con una sola llamada solucionar casi cualquier cosa. De apoco comprendí que no podía llegar a mi casa en un colectivo, que no podía ir a comer donde mi abuelo o mí tía nona si me hacía falta. Que no podía llegar al 3268 de Salitrera Victoria para cobijarme y estar a salvo. Todo, todo eso ya no existía y desde ahora y hasta hoy mi vida dependía solamente de una persona, de mí.

 

El dinero que yo pensaba que tenía para dos meses, apenas alcanzó para uno, había que comer, pagar el piso, comprar el abono de transporte, lo mínimo para continuar aquí. La búsqueda que todos contaban como sencilla no se acerca ni a lo más mínimo a esa significación de la palabra. Buscando conocí a unos Chilenos, jóvenes como yo pero aún más aperrados en su llegada, eran ilegales, ellos me dieron el dato de un trabajo, donde había que presentarse a las 7 de la mañana para estar en cualquier parte de la ciudad y durante seis horas repartir publicidad por los buzones de los miles de edificios en Madrid, a esto se le llama “buzoneo”, actividad irregular, de economía sumergida pero que miles realizan para sobrevivir, porque era eso lo que yo hacía, sobrevivir. Por las mañanas me levantaba a las cinco y media, la tarde a clases y las noches a dormir a esa habitación que ya tenía identidad, recuerdos pero esos recuerdos eran los que me ocupaban la mente y no me dejaban dormir.

 

También visitas llenaron de impulsos a mi estadía, entre ellas mi profesor de universidad en Chile Juan Podestá y otro del PPD, Fernando Nuñez. Ambos dejaron en mí la motivación necesaria para seguir, la clara idea de que no estaba loco y que mejor aún era una decisión que no debía dejar atrás.

 

Ya es abril, luego de semana santa comencé a trabajar en un Bar que lleva por nombre Alcaravea, un sitio fantástico donde me dieron la oportunidad y tuve la buena suerte hasta hoy de aprender un oficio que no sólo me permitió ganarme la vida, sino que me ha hecho aprender de la vida. De esa real que está lejos de las oficinas, de las reuniones políticas, sino que esta llena de sueños muchas veces rotos, de vidas difíciles pero no por ello menos felices, de gente que a puro corazón ha llegado a cada una de sus etapas con la convicción de vida, sea ella sus hijos, su familia, su deuda como personas. Aquí en el bar he aprendido a ser gente, a valorar a los demás, a entender que significa ganarse el pan de cada día trabajando con las manos (nunca mejor dicho).

 

Me tuve que guardar mi soberbia de niño, de joven desclasado que parece ser que se había olvidado que proviene de una familia pobre, con los mismos problemas que hoy tienen mis compañeros de trabajo. Me di denuevo con la tierra, al recordar aquella oficina frente al mar que engañaba mi existencia real y la hacia vivir en una nube que no existía. Fue entonces allí lavando platos y sirviendo comida a la gente, saliendo tarde para luego estudiar y levantarme temprano para aprovechar el día, que recuperé mi propia identidad y con ella objetivar mi rumbo, comprender para que estaba aquí. Fue allí, en un día donde me dijeron que no me merecía un vaso de ron con coca-cola si no demostraba que era capaz de trabajar igual como los demás, allí fue cuando encontré el verdadero sentido de mi viaje y las fuerzas para hacer lo que realmente quiero hacer de mi vida.

 

No podría cerrar este capitulo si nombrar a un hombre bueno que no sólo me dio trabajo, sino también consejos e historia de vida, alguien que sin conocerme o aprendiendo a conocer no al de antes sino al de ahora, confía en mí lo suficiente como para apostar en lo que puedo ser, en lo que soy ahora. Gracias a Cesar del Olmo.

 

Pasan los meses, estudiando, trabajando y viviendo el día a día, llamando a casa, a los amigos, intentando recordar cada cumpleaños, intentando de todas las maneras que aquellos a quienes amo y que me aman no me olviden. Que aquellos que me estiman y yo estimo, no me olviden. Que aquella que amé al menos me recuerde.

 

Entre todo el periplo conocí otro gran amigo y que no se me olvide otro que veo poco o otros que se están convirtiendo en eso. Se llama Ricardo Zúñiga, claramente no pensamos igual en un millón de cosas, pero aunque el no lo sepa del todo, le agradezco su voluntad, su amistad y su cariño sincero. He aprendido mucho de él, es un hombre inteligente que comparte conmigo día a día una jornada de trabajo pero cierto soy también que pronto lo veré en la tapa de un libro, tomando alguna desición importante o simplemente entregándole su amistad a otro amigo. Él y su esposa Paula, Víctor y Bárbara son parte de mi todo que es tan poco, pero tan mió.

 

Y ya para concluir quiero mencionar a todos mis nuevos amigos españoles, la argentina, el alemán. Mis compañeros nuevos de universidad que comparten todos los días un momento conmigo, que nos vamos conociendo de apoco y parece como hacer todo denuevo.

 

Aunque parezca cliché lo que más he aprendido aquí, es que más me queda por aprender. He aprendido a valorar y a quererlos a todos y a todas; a admirar a mí familia por su esfuerzo, como digo siempre si a mí se me ocurriera ser astronauta ellos estarían ya construyendo la nave espacial. A mis amigos como dice Sanz “ellos son así” y yo les digo como De Vita que “No hay tanto espacio como se ve”.

 

Estos son mis completos trescientos sesenta y cinco días en Madrid. Mañana a levantarse temprano que hay que seguir. 

 

Buena Caza.

 

Miércoles, 07 de Febrero de 2007 15:52 Autor: Gonzalo Prieto Navarrete. #. Tema: Gonzalo Prieto Navarrete.

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Autor: jessica

una vida llena de valor y esfuerzo me dio mucho gusto leer lo que te paso asi me dan muchas ganas de seguir adelante apesar de los problemas gracias por publicar tus experiencias bye

Fecha: 01/03/2008 17:37.


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